Recuperar de forma progresiva las dinámicas del hogar ayuda al cerebro a contrarrestar el impacto del estrés agudo.

El impacto de un seísmo altera de forma abrupta e inesperada la cotidianidad de los ciudadanos, instalando una sensación de desorden y vulnerabilidad en el entorno. En el ámbito de la salud mental, una de las mayores dificultades tras enfrentar una situación de emergencia es recuperar la estabilidad emocional cuando el entorno exterior aún genera alerta.

La psicología clínica y las escuelas humanistas aportan un enfoque fundamental en este aspecto. El doctor austríaco Viktor Frankl, renombrado neurólogo, psiquiatra y autor de la célebre obra ‘El hombre en busca de sentido’, demostró que ante las crisis existenciales o ambientales severas, el ser humano necesita recuperar el control de su micromundo para procesar el sufrimiento. En la práctica actual, los manuales de intervención en crisis sugieren que la vía más efectiva para lograrlo es el restablecimiento progresivo de las rutinas diarias.

Mantener fijos los horarios de alimentación, respetar las horas de descanso y sostener las dinámicas domésticas familiares no es un acto de indiferencia ante la realidad; por el contrario, es una estrategia terapéutica. Estas estructuras cotidianas le devuelven al cerebro una noción básica de predictibilidad y orden, reduciendo la producción de cortisol y facilitando que el sistema cognitivo comience a procesar el impacto de la crisis desde un entorno seguro.

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