Muchos ciudadanos reportan inestabilidad física días después del evento del 24 de junio; los expertos explican que se trata de un proceso natural de adaptación.
El fuerte movimiento telúrico registrado el pasado 24 de junio y las posteriores réplicas han dejado secuelas que van más allá del temor evidente. En los últimos días, un porcentaje considerable de la población ha manifestado síntomas como mareos, inestabilidad al caminar o la persistente sensación de que el suelo continúa moviéndose, incluso en momentos de total quietud física.
Este fenómeno, lejos de ser una patología grave o un cuadro de sugestión individual, posee un sustento científico riguroso. El célebre neuropsiquiatra francés Boris Cyrulnik, especialista de referencia mundial en el estudio del trauma y la resiliencia, explica que ante amenazas ambientales de gran magnitud, el organismo activa un mecanismo biológico de hipervigilancia.
De acuerdo con las investigaciones clínicas, el estrés agudo acumulado altera temporalmente la sincronía entre el oído interno —encargado del equilibrio— y los estímulos visuales que procesa el cerebro. Los especialistas en salud mental coinciden en que el primer paso para mitigar esta condición es la normalización del síntoma: comprender que el cuerpo está asimilando el impacto emocional. Las recomendaciones institucionales sugieren fijar la mirada en puntos de referencia firmes, realizar respiraciones pausadas y evitar la automedicación, permitiendo que el sistema nervioso recupere paulatinamente su balance natural.

No responses yet