Piense en su mejor maestro. ¿Recuerda qué le hizo sentir? Durante siglos, la educación trató de ser un acto frío y racional, y fracasó. La neurociencia moderna nos grita la razón: la emoción no es un obstáculo para la razón, es su sistema de navegación esencial.

La frase clave de la neuroeducación moderna nos la dio el neurocientífico Francisco Mora: «Solo se puede aprender aquello que se ama». Esta afirmación no es un simple cliché motivacional; es un principio de neurología pura, validado por la arquitectura de nuestro cerebro.

Este concepto desmiente el famoso «Error de Descartes», nombre del libro del neurocientífico António Damásio. Damásio demostró que pacientes que perdían su capacidad de sentir (debido a daños en la corteza prefrontal ventromedial) también perdían la capacidad de tomar decisiones, aunque su lógica siguiera intacta.

La conclusión de Damásio fue revolucionaria: no somos máquinas pensantes que sienten, sino máquinas sintientes que piensan. La emoción es el motor de la razón y, crucialmente, el interruptor que enciende el aprendizaje significativo.

La clave está en la cercanía de dos estructuras cerebrales vitales. El hipocampo, nuestro «bloc de notas» donde se forman nuevas memorias, está pegado a la amígdala, el centro de procesamiento emocional.

La amígdala actúa como un «marcador de relevancia» para el hipocampo. Cuando un estudiante siente curiosidad, asombro o alegría, la amígdala se activa y «etiqueta» esa experiencia, diciéndole al cerebro: «¡Oye! Esto es importante. ¡Guárdalo!». Un cerebro aburrido, por el contrario, no etiqueta nada.

La otra cara de la moneda es el «Estrés Tóxico». Un miedo intenso o ansiedad crónica inunda el cerebro de cortisol. El cortisol en exceso es neurotóxico y puede, literalmente, dañar y encoger el hipocampo, impidiendo el aprendizaje.

El primer trabajo de un educador, o de cualquier persona que quiera aprender algo, no es entregar datos, sino despertar la curiosidad y crear seguridad emocional. Esta semana en emisoras o en pablo360.com.

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