La historia del béisbol venezolano se divide en un antes y un después de 1984. Ese año, el nombre de un campocorto zuliano, con el número once en la espalda, fue grabado en mármol: Luis Aparicio Montiel.

Aparicio no fue solo el primer venezolano en ingresar al Salón de la Fama de Cooperstown; fue el embajador que transformó un sueño lejano en una realidad palpable. Su ingreso se dio con el 84.6% de los votos en su sexto año de elegibilidad.

«Little Louie» no solo jugó el shortstop, él lo definió con una maestría defensiva inigualable. Logró la impresionante racha de nueve Guantes de Oro consecutivos, desde 1958 hasta 1966. ¡Nueve años de perfección ininterrumpida!

Su agilidad era la de un bailarín, su brazo el de un rifle y su capacidad para iniciar el doble play una lección de precisión geométrica. Estuvo en el corazón de la defensa en 2,583 juegos, una cifra de longevidad que habla de su durabilidad.

Pero Aparicio era también el terror en las bases. Su velocidad desestabilizaba al pitcheo rival de una manera constante y metódica. Lideró la Liga Americana en bases robadas durante nueve temporadas consecutivas.

Piense en ese número. Nueve años siendo el más veloz de toda la Liga. Su cumbre llegó en 1964 con 57 robos. Finalizó su carrera con más de 500 bases estafadas, un legado de velocidad que marcó una era.

La prensa lo bautizó memorablemente como un «doble a lo Aparicio» cuando un sencillo se convertía inmediatamente en una posición de anotar gracias a su robo impecable de la segunda almohadilla.

Su trayectoria fue reconocida con trece selecciones al Juego de Estrellas. Y en 1966, con los Orioles de Baltimore, logró el anhelado anillo de Serie Mundial. Luis Aparicio es el pilar sobre el que se construyó toda la historia de éxito del béisbol venezolano en las Grandes Ligas.

 

 

 

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