La historia de Miguel Cabrera es la de un bateador que nació con la potencia de un motor y la precisión de un bisturí. El slugger de Maracay resucitó una gesta que parecía condenada al olvido en el béisbol moderno.

El hito que lo separa de la mayoría y lo inmortaliza es la Triple Corona de Bateo que conquistó en el año 2012. Lideró la Liga Americana en promedio de bateo, en jonrones y en carreras impulsadas, una proeza que nadie había logrado en 45 años.

Sus números de la Triple Corona fueron contundentes: .330 de average, 44 jonrones y 139 impulsadas. Este logro es la joya más rara de la estadística, y Miguel Cabrera es, hasta la fecha, el dueño de la última que se ha visto.

Pero su exclusividad no termina en una sola temporada. «Miggy» es miembro de un club tan diminuto que solo incluye a los más grandes, un altar sagrado que él mismo ayudó a fundar con su bate.

Es uno de los selectos jugadores en la historia de la MLB con al menos 3,000 hits, 500 jonrones y un promedio de bateo vitalicio superior a .300. Una estadística que grita: «bateador perfecto».

Cabrera es, de hecho, el único latinoamericano que pertenece a este altar sagrado del bateo. Su dominio total le valió el premio de Jugador Más Valioso de la Liga Americana en dos ocasiones consecutivas, en 2012 y 2013.

Acumuló cuatro títulos de bateo y siete Bates de Plata, con una constancia que se mantuvo por más de una década. Su impacto fue inmediato, incluso a los 20 años, cuando conectó un jonrón fundamental en la Serie Mundial de 2003.

En Venezuela, es una leyenda intocable de los Tigres de Aragua. Su nombre está ligado a la época dorada del equipo, demostrando que su «clutch» se forjó en la presión de la pelota invernal. Su entrada a Cooperstown es inminente y será la confirmación de su grandeza.

 

 

 

 

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